Buenos Aires.

Buenos Aires tiene eso que no tiene ningún lugar en el mundo. Tiene mi historia y tiene mi gente.

Además de ser linda, es un poco mía y por mi forma de querer, sí algo es mío, lo banco a morir.

Desde el minuto uno que pongo un pie en Ezeiza, vuelvo un poco a mi, respiro húmedo pero profundo, me aflojo porque se que tengo hinchada, me da nervios el saludo, la llegada no me gusta, me incomoda, me gustaría por un segundo no haberme ido, siento que expongo al resto a emocionarse y eso nunca me gustó, porque las personas empáticas nos hacemos demasiado cargo de los sentimientos ajenos. Me cuestan los abrazos.

Vivir en el anonimato tiene sus beneficios, te empuja a ser más fuerte, a arreglartelas como te salga, a defenderte solito, a reinventarte sin tanta explicación y a cambiar más rápido de opinión.

Claro que vivir en el estrellato de la vecindad, donde te saluda el diariero que te vio crecer o donde te cruzas con un compañero de la escuela, es algo maravilloso, porque es parte de tu identidad y es el motor de muchas de tus formas y costumbres.

Es lindo de vez en cuando volver a eso. Para los que nunca se fueron, capaz es algo normal, para los que nos fuimos, es algo más que la simple cotidianidad.

Buenos Aires no conoce mi nuevo y desafiante rol, no me vivió mamá, no me sintió temerosa, no me vio dedicada, no me vio completa. No conoce mis rutinas. Me pregunto como seré el día que vuelva.

Me intriga saber como encajar de nuevo en historias y personas que ni siquiera me tienen vista.

Ojalá que me reciba sin reproches por haberme alejado y que entienda que esa distancia, irónicamente, me acercó a aquellos que de verdad sintieron mi partida, a aquellos que les cambió los días mi ausencia. A aquellos que se esfuerzan por tenernos presentes siempre.

Escribo estas líneas desde el tren rumbo a la casa de una amiga. Cierro los ojos y recuerdo. Capaz estoy más vieja y no es sólo el desarraigo. Se me vienen a la mente mis viajes a la facultad, mi cigarrillo camino a casa, mi no teléfono celular y mis libros de amor. Una linda vida vivida junto al calor de lo conocido. Me doy cuenta que el tiempo pasó y seguirá pasando, que cada etapa es única y que vale la pena hacer el esfuerzo para disfrutar cada paso a pesar de todo.

Me vuelvo a subir al avión con la sensación de que nunca me fui, miro a los costados y pienso cuantos de los que están ahí se despidieron de su gente y llevan un poco de pena en su equipaje, disimulo mis sentimientos porque ahora no sólo tengo que lidiar con los míos, sino con los de mis hijos.

Estoy un poco deseosa de llegar a mi casa. Ese lugar en donde genuinamente vivimos felices, formando una familia lejos de la familia. Ese lugar que de vez en cuando deja ver que extraña. Deja ver que echa de menos a los suyos.

Por eso tiene fotos, por eso tiene anécdotas, tiene música, tiene mates, aromas, tiene un pedacito de Buenos Aires en la atmósfera, para no perder la calidez de un hogar que además de presente y futuro, también tiene pasado.

Autor: Flor the Flower

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