Había una vez

HABÍA UNA VEZ…( o once upon a time…como más te guste…😉).

Irse a dormir sabiendo que al otro día te vas de viaje, me impacienta. Me acuerdo cuando era chica, no me pasaban las horas, me quedaba desvelada hasta la madrugada y cuando finalmente me dormía, mi mamá nos venía a despertar seguramente a las 5, porque al viejo le gustaba salir temprano. A mí me tocaba viajar incómoda. Soy la más pequeña de estatura de los 3. Maria iba a atrás de mamá con las piernas estiradas. Agustin en el medio y yo atrás de papá, con la caja de herramientas incrustada en los pies. Para qué llevabas semejante socrotoco a todos lados papi? La cuestión es que yo iba medio hecha bolita. Jugábamos a contar autos de un color. A decir palabras o marcas o cosas sin repetir ni soplar. Escuchábamos de fondo los mismos cassettes que no faltaban en ningún viaje. Sergio Denis, Cesar Banana, Génesis y Erasure. Creo que por eso me gustan ellos, porque me llevan a esos lugares. Me llevan a la fila de autos para cruzar la aduana. A la curva y contra curva que me mareaba cuando subíamos la montaña. Frenar en la ruta a hacer pis. Mi hermana siempre se hacía pis y a mi papá que estratégicamente planeaba las paradas, eso lo ponía un poco nervioso. Pero las nenas no podemos hacer pis en una botellita, fisionomía vio.

Esos viajes que ya daban anuncio que llegaban las vacaciones. Las vacaciones eran gloriosas. Las recuerdo en detalle. Debe ser de las cosas que más me acuerdo de la niñez. Y a nosotros no nos preguntaban cuándo y cómo y a dónde ir. A nosotros nos llevaban de vacaciones y punto. Hacíamos pulseras de caracol y las vendíamos en la esquina. Con esa plata nos íbamos a la parada 5 a unas colchonetas inflables espectaculares. Jugábamos a las escondidas, a la mancha y al cuarto oscuro que me daba miedo porque los más grandes hacían ruido a monstruos. Que linda era la vida sin tanto aparatejo. Ojo mirábamos películas. Pero el juego de mesa era todo y más. Como me gustan los juegos de mesa. Soy timbera y competitiva debo confesar. Hacíamos formas en la arena, trepábamos las rocas y barrenábamos las olas. Todo eso y más se me viene a la mente en ese instante.

Ahora soy yo la que despierta a los hijos. La que prepara el bolso con los setenta mil bártulos que llevas por 3 días afuera de casa. Llevas abrigo y llevas pantalones cortos. Nunca se sabe. El pronóstico puede fallar y de hecho falló. Nos subimos al auto. Mates. Música. Y el Waze. Porque nuestra generación no se pierde más, no retoma, no gira en U. No pelea por interpretar mapas. Solo siguen órdenes de una señora que te dice cómo llegar. Ahí sentada me siento grande. En qué momento pase de viajar atrás y pegarle patadas a mi hermano, a estar adelante con una toalla por si vomitan, repleta de galletitas, mamaderas, agua, caramelos. Yo a veces pienso que no crecí. Creo que por eso no uso tacos. Sigo esperando a ser grande. Pero ya soy grande. Y no me la creo. En que momento uno madura? Tal vez cuando se va de la casa, trabaja o es madre? O nunca, porque no necesariamente se es maduro por ser más viejo. Pero yo crecí y siento que maduré. Y me fui a vivir lejos de casa y me la banco solita, bue no tan solita pero si, solita. Y me doy la palmada en la espalda porque además de viajar adelante y cuidar a los de atrás, soy una copilota buena onda y me aplaudo por eso.

El paisaje es alucinante. Es verde. Tiene casitas viejas y huele rico. Se ve grandioso. Se siente grandioso. Pero voy adelante. Y eso implica atender la manada que se impacienta a los 5 minutos de salir de casa. La bajada de ventanilla te renueva. El aire hace estragos en tu alma. Aire. Respirar y seguir camino hasta el destino final. Eso aplica en la vida. Tomar Aire. Ventilarse. Refrescarse y seguir.

Cierro los ojos por un momento, ese instante en donde milagrosamente ambos se duermen. Pienso en mi pasado y en mi presente. Me miro para adentro. No espío la vida tuya ni la de otros. Solo la mia. Y ahí me quiero quedar. Esto soy y esto tengo. Ese es mi relato. Cada persona perfectamente puesta en él. Me pertenecen y le pertenezco. Tan inmenso el mundo, sin embargo nos encontramos y todos forman parte del rompecabezas de mi vida. Tengo anécdotas, historias, secretos. Todos míos y de nadie más.

Bajo un escenario sacado de un cuento, con doncellas y aljibes, con olor a leña y pasto mojado, voy adelante, cebando mates y sonrío disimuladamente dichosa de la vida que construí espiando de reojo por el espejo retrovisor a mis pollitos y de la mano de mi compañero fiel, recordando, gracias a la calma del camino, la infancia feliz que tuve, las decisiones que tome, lo que aprendí y en lo que me convertí. Convencida que cada persona tiene sus cuentos, con capítulos apasionantes, algunos no tanto, con más o menos dramas o alegrías, pero tiene su cuento. Para qué mirar tanto el de los demás, para qué pretender vidas ajenas y hacer tantos esfuerzos para copiar historias, cuando la de cada uno es, genuinamente maravillosa. Para qué quedarse esperando manzanas envenenadas y hadas madrinas si se puede ser especial sin todo eso.

Y ahí voy adelante a veces queriendo volver a viajar atrás, escribiendo mi propio cuento, que no tiene príncipes ni castillos ni venganzas ni traiciones, pero es mío, es verdadero, es tierno y ojalá sea siempre feliz.

FIN

Autor: Flor the Flower

2 comentarios sobre “Había una vez

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