La sala morada, su nueva morada.

Escribo este relato sentada en el auto con el aire acondicionado puesto y mis lágrimas que mojan el teléfono. Me pasó algo!?? No gracias a Dios, no. Todo lo contrario, sólo que debutamos en el mundo del jardín infantil. Dejé a mi pollito en manos de unas malditas desconocidas que no pueden ser más lindas y con una cara de buenas, que no les explico.

Para muchas mujeres que atraviesan o atravesaron este momento, les puede parecer un tanto exagerado. Pero yo soy así. Me cuesta dejar al niño sin la supervisión de mi ser. Pero no porque no confio en quién lo cuida, sino porque temo a que me necesite y no me encuentre. Creo haber trabajado lo suficiente para que sepa que siempre voy a estar. Que puede recurrir a mi y contar conmigo, aunque no este ahí para darle la mano. Por eso lo dejé tranquila.

Cada mamá hace lo que puede, cada familia con circunstancias y realidades diferentes, en mi caso sentí que esperar un poco era prudente y necesario. Que la estimulación estaba en casa y que la sociabilización era suficiente. Pero ahora ansiaba este momento, sin culpas ni remordimientos y sobretodo con convencimiento.

El entusiasmo por el inicio de clases no se sí era más mío que de él. Un poco de rutina, un poco de relax con tanta entretención diaria de pinturas y plastimasas, un poco de programa de chimentos en lugar de Patrulla canina. Un poco de atención exclusiva a su hermano menor.

Llegué mas nerviosa yo que el mismísimo Panchi. Hizo su reconocimiento del lugar, que por cierto es un jardín muy lindo y con muy poco alumnado, cosa que me alegró, confieso que lo primero que pensé, fue que íbamos a tener que ir a pocos cumples. Se tiró por todos los toboganes, saltó y corrió como sí para el fuera un día normal en la plaza.

En una especie de arrebato, me dijeron Mami besito y chau chau. Ahhhh mi Dios el dolor de panza que tenía. Me saludó por la ventana a upa de su nuevo ángel protector, que casualmente se llama Flor y me fui. Lloré todo el camino al supermercado que queda a 2 cuadras, e iba por las góndolas como un zombi sin saber para que había ido. Me faltaba algo. Sostenía el teléfono cual paranoica esperando el llamado. Y no hubo llamado por un rato. Pasé por la puerta del jardín y me fui a casa, dispuesta a tomar mate, basta que pusiera la pava sonó el teléfono. Panchi estaba un poco angustiado y había que ir a su encuentro. Corrí tan exageradamente, como sí fuera una llamada de emergencia. Vivo exactamente a la vuelta. Llegué y ahí estaba, a upa para variar, con chupete en la boca esperando que su madre lo rescatara. Lo abrace con fuerza. Pero bajo ningún concepto, le iba a pedir perdón aunque me muriera de ganas. Porque esto iba a pasar. Porque es un proceso y porque tengo que estar convencida que es hora de que el tenga su mundo lejos del mío. Que sus relatos sean suyos y no contados por mi. Que sus historias sean guardadas bajó sus llaves. Que de a poco arme su camino. Suena dramático pero siento que es así.

Cuando armábamos su mochila de planetas me acorde de mis mochilas. Estos cambios son movilizantes y nostálgicos. No me acuerdo mucho de mi jardín de infantes, pero sí de mis primeros años en la escuela. La elección de los útiles una vez terminado el verano en Uruguay, la ansiedad por saber quién sería mi maestra y los nervios porque me tocará sentada cerca de alguna de mis amigas. Y ahí, visitando esos recuerdos, entendí, que este era el comienzo de una etapa larga pero corta al mismo tiempo. Que ahora eran colores y canciones, pero después serían geografías y ecuaciones. Que en estos años por venir, llegarían los amigos de la vida, los amores, los encuentros y desencuentros. La etapa más sensacional y divertida y al mismo tiempo la más desafiante.

No se como será la adaptación. Voy tranquila, dejando que la vida me sorprenda, con las ganas de que se divierta y que lentamente sienta que también la sala morada es su lugar. El necesita hacer propio ese entorno. Así que tendré paciencia y perseverancia, hasta que así lo sea.

Calmaré mis miedos de que lo corrompan y le peguen, que no diga gracias y que no comparta galletitas, de a poco, día a día.

Mientras tanto ahogaré mis penas con ustedes, esperando desde afuera, que aunque me de un poco de cosita, me digan “Flor anda a casa, Panchito esta feliz”.

Autor: Flor the Flower

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