Me Río de Janeiro.

Necesitaba salir de casa. Silencio, necesito silencio o más bien que se callen 5 minutos. La cosa no venía fácil así que mejor salir a refrescarse. Me detengo a comprar un café acompañado, de más esta decir, de algún pastelito que te levanta el ánimo de solo olerlo.

En la fila esperando mi budín, o cake o queque como quieras llamarlo, me río sola. De la nada una anécdota divertida se me pasa por la mente. Me río con ruido y la señora de al lado me mira raro. Me dan ganas de decirle, usted porque no tiene una amiga que se le enganchó el forro del vestido en un casamiento y se paseo en cola por todo el salón o un grupo de timba que se tienta en un balcón porque los vecinos llamaron a la policía o una amiga que simula stories cancheras hablando de los ticket restaurant. Capaz la señora tiene una mala mañana, como la mía, pero no opta por reírse y prefiere ponerle al día, la misma cara de tuje que me pone a mi.

Automáticamente me acuerdo de mi hermana. Si con ella no te reís no te reís con nadie. Éramos adolescentes, nos fuimos solas de vacaciones. Todo el viaje fue un sin fin de catrascadas tan enriquecedor y divertido, que para mi, si estás bajón tómate un avión con tus hermanos y las penas se te van rápido. O mejor, porque la cosa está difícil con un dólar que se dispara, tócales el timbre, llévale unas medialunas y tomate unos mates con esas personas que tienen la habilidad de hacerte sentir bien.

Que lindo es reírse. Es sanador. Me sigo acordando de cosas. Si, ahí parada esperando mi latte descremado descafeinado y sin lactosa. Me río. Me acuerdo de las veces que me reí con mi compañero de la vida. Él y su humor inglés son únicos. A veces extraño a las personas que me hacen reír fuerte. Y por eso los traigo a mi mente. Amigos, hermanos, primos, tíos, padres, conocidos simpáticos. Todos ellos, una anécdota tras otra. Como si alguien me forzara a pensar en esos momentos donde solo dejaste a la vida pasar y te reíste tan fuerte que te dolieron los dientes.

El factor común de todo eso, es que la risa fue compartida. Y ahí está el meollo de la cuestión. Que sería de la vida sin esa gente que te regala anécdotas. Nada. Vacío absoluto. Estamos hechos de eso. Somos eso. Somos la suma de historias, cuentos, relatos, momentos únicos e irrepetibles.

Me sigo sonriendo hasta que finalmente y por fin, gritan mi nombre que suena a piso más que a flores, pero los perdono porque no lo saben pronunciar bien.

Me gusta la gente que se ríe de sí misma. Casi que las admiro. Me gusta la gente que te levanta una reunión, que transforma un día de mierda en un día que vale la pena ser vivido. Esa gente que rompe el hielo con un comentario atinado, que armoniza el ambiente, que descontractura en el momento justo. No payasos plomos figuretis, sino gente sonriente, alegre, divertida.

Los días pueden ser duros, difíciles hasta insostenibles. Sin embargo allí están los que lo último que pierden es la alegría. Y no me refiero a ser un canto a la vida y que todo te parezca fantástico, de hecho disiento mucho con la manera en que nos están invitando a vivir, exigiéndonos felicidad plena y viva la pepa, me refiero a ponerle onda aún teniendo mala racha, al buen humor, a animarse a pasar el ridículo, a dejarse llevar por las emociones y a contagiar buena energía.

Creo que es mucho más saludable vincularse con gente que te regala tiempo, espontaneidad y sonrisas en lugar de opiniones mala onda, caras de nada, prejuicios, adulaciones, miradas inquisidoras, risitas falsas y excusas permanentes con ausencia y desinterés.

Al final rodearse de buena onda, invita a la buena onda. Y a veces ponerle onda le puede cambiar el día a otro ser.

Acá sentada en la cafetería aún un poco tentada, me detengo a pensar en esos lindos momentos donde yo, Florencia, mostré los dientes de lo fuerte que me reí y aclaró que yo no muestro los dientes.

A todos ellos que me acompañaron en esas risas de mandíbula que duele, mil gracias. Los invito a reírse conmigo. No todos tenemos la suerte de poder cruzarnos en la vida con gente que suma y hace bien.

Y así con efecto terapéutico de café, hidratos y risas me vuelvo a casa que casualmente no es en Rio, a pasar el día con la cachorreada.

Autor: Flor the Flower

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